9-2-14

He borrado lo anterior. No me reconocía en ello. Pensaba quitar toda esta sección que he titulado Religión pero al releerla, he pensado que estoy de acuerdo con lo que pone en el texto anterior. Ante todo hice esta sección porque creía que era un gesto de valentía, de coherencia, (tan pusilánime yo en estos aspectos) al afirmar ante quien lo lea mis pensamientos más intimos, mis creencias, algo que no suelo manifestar habitualmente, socialmente, al menos de manera explícita. Utilizaré este espacio de complemento para ir colocando impresiones puntuales para después borrarlas, aunque me pregunto muchas veces quién soy yo para opinar como si estuviera dando directrices, consejos. Yo que no sé ocuparme de mi propia vida escribiendo para la opinión o contra la opinión de otros, de quien lo lea, evidentemente, si existe alguien. Pero lo cierto es que no es más que una opinión en voz alta, no es para los demás sino que es una reflexión especialmente para mí, que la digo en alto para entender que soy responsable de mis palabras, que alguien puede juzgarlas, y en ese aspecto dejan de ser triviales pensamientos internos si los pongo a tender al sol, donde puedo crearme enemigos ideológicos, que no me preocupa, pero que también puedo perder amigos, que ya es distinto.

Pero es que decir que crees que eres religioso no quiere decir que compartas las cosas que se predican desde el púlpito. No sé dónde oí decir que un alto tanto por ciento vamos a nuestra bola. Y es que hay discursos rancios, anacrónicos, estupidizantes, como decía Lucy Lippard sobre el arte tradicional. Otro día sigo....

 

No sé a quién oí decir que la religión católica se había apropiado de "El Más Allá". Creo que no le faltó razón. A pesar de la crítica, esa afirmación es una declaración incuestionable de creencia religiosa. No postuló que no hubiera un Más Allá sino que ese comentario puso en entredicho la legitimidad de la iglesia católica para adueñarse de ese Más Allá. Con esa postura elocuente también se podría pensar que reivindica su propia religiosidad. Todo aquél que piensa que después o detrás de esta vida irremediablemente tiene que haber algo, ya es religioso independientemente de su bondad o maldad. Yo debo ser religioso porque no consigo entender esta vida sin otra después, de igual manera que no concibo una moneda con una sola cara.
Jorge Luis Borges escribió un bonito cuento en el que su protagonista era una moneda así de rara. La verdad es que no recuerdo ahora mismo si hablaba de una moneda o un disco. Creo que era este último el artífice de tan singular naturaleza. No importa nada qué era la cosa tan extraordinaria. Lo que importa es que consigue transmitir que ese inexplicable objeto podría parecer real. La vida entendida como un solo lado también parece verosímil pero no más que suponerla con otra que le complemente más allá de su existencia perecedera. No hay más racionalidad en pensar que esta vida se acaba y que después no hay nada de nada, que suponer por ejemplo que estamos soñando un sueño colectivo, como plantea hipotéticamente Borges y asegura con firmeza el Budismo. "Alguien nos sueña", dice el escritor argentino en alguna de sus poesías. Empíricamente no hay más verdad en una u otra suposición. Borges se definió como no creyente pero de su obra no se puede extraer un ateísmo. Nos habló del idealismo, de El Tiempo, de Beckerley, de Hume... Su literatura está impregnada de un conocimiento filosófico que se muestra dócil para ser asimilado gracias a ese poder narrativo del escritor que lo hace fácil de entender. Convertía lo áspero y aburrido en bello y entretenido utilizando sus mecanismos literarios. Por él supe de Swedenborg y también en pocos párrafos pude tener una noción general, aunque sea superficial, de lo que es el Budismo. Ambos forman parte de mi bagaje religioso. De Swedenborg, al que le tildaban de loco, dijo sabiamente que ante su obra uno no tenía la sensación de estar frente a la de un loco. De verdad que ocurre eso.
Me declaro religioso, pero también me defino como... ¿marxista, comunista...?, ¿tal vez, de izquierdas...? Tal y como están las cosas parece imposible compaginar estos anhelos con lo mal que se llevan ambas partes. Quizá la teología de la liberación, de la que no sé nada pero su título suena muy bien, pueda amistar ambas tendencias irreconciliables. Como el hombre es una contradicción, según dijo Jorge Oteiza, yo no me molesto en resolver mi propia contradicción si es que la hubiera. Además, la cuestión de fondo de ambas partes no es muy diferente. Comunión, comunidad y comunismo suenan muy semejante.
Mis actuales Profetas no son Isaías, Jeremías, Ezequiel y Daniel sino Karl Marx, Herbert Marcuse, Georges Orwell y Jacques Rueff. Estos son mis modernos profetas. No son jinetes pero bien se les podría llamar Los cuatro profetas del Apocalipsis, por las ominosas videncias con las que nos advirtieron. Fueron ateos, seguramente sí, pero tremendamente religiosos. Un hombre puede ser ateo y también profundamente religioso; y puede ser religioso y tremendamente ateo. Un cura pederasta no parece muy religioso. Si lo es, se autoengaña. Pide perdón después para poder seguir con sus maldades. Según Freud y el psicoanálisis del remordimiento, los pueblos bárbaros después de arrasar pueblos enteros presentaban sus ofrendas a los Dioses para poder seguir arrasando pueblos enteros.
De los cuatro profetas laicos que he mencionado al menos los dos primeros, siempre me han parecido auténticos religiosos sin Dios. Altruistas, pensando en el bien ajeno, anteponiendo el beneficio común al particular....El Che Guevara nos recuerda lo que dijo el revolucionario José Martí: "Todo hombre de verdad debe sentir en su mejilla la bofetada dada en la mejilla de cualquier otro hombre" Si nos hubieran dicho que esa frase la dijo Cristo no nos habríamos extrañado. En cada revolucionario hay una semilla de religiosidad entendida de otra manera, de forma laica.
Sí que causa extrañeza lo mal que se llevan la izquierda y la religión o la Religión y la Izquierda. La prédica de la religión es absolutamente comunista pero su trayectoria en el pasado ha ido demasiado ligada al dinero y al poder. La religión ha hecho muchas veces en la práctica todo lo contrario de lo que ha dicho. Se puede acaso entender algo en el hecho histórico de que muchos religiosos anteriormente, en la oscura Edad Media, eran gente de guerra, personas sin vocación; otros tantos sí la tenían. El hijo mayor era reservado para el trono y el segundo entraba en el clero. Así ocurrió durante años, durante siglos, porque tal disposición ha llegado hasta nuestros días: en las casas ricas hasta hace bien poco el hijo mayor se quedaba en la hacienda y el segundo hijo entraba en el seminario. Causa pánico oir en boca de un Papa, aunque sea un papa del siglo XII, la expresión "Dios lo quiere" para justificar y alentar las violentas y homicidas cruzadas. Sobre esas contradicciones y otras más (la aniquilación de los Cátaros, el surgimiento de la Inquisición, la muerte de Servet, etc...) se edificó una iglesia deficiente, pero que es la única de la que echar mano en nuestro mundo occidental, llena de defectos pero con un lenguaje interior muy claro que los propios dirigentes se obstinan en desoír.
Puede que estas tradiciones hayan contaminado la esencia de la religión, pero su mensaje interior es inequívoco. En sus parábolas habla del levita y el samaritano, del hijo que afirmó "si padre, iré al huerto, pero no acudió, y del que dijo no iré pero fue. La propia religión se inculpa desde dentro tanto como la culpan desde fuera.
Nunca me ha guiado ni el chantaje del Infierno ni el soborno del Cielo. El premio o el castigo no son mi meta. No puede ser la religión una manera de invertir en la Tierra para conseguir un plan de pensiones en el Cielo. Hay cosas en esta religión con la que hemos nacido que a mí no me parecen afortunadas. Karl Marx la llamó el opio del pueblo. Hoy día ese opio quizá no sea ya la mermada religión sino el dinero, como siempre, como en cualquier tiempo. Las cosas ahora siguen igual o peor. No se le puede acusar a ella del fracaso revolucionario.
Si he dicho que la Religión no hacía lo que decía, las revoluciones sociales tampoco han acabado haciendo lo que habían empezado a decir. Siempre se han quedado en la mitad del camino, en medio de ninguna parte. En el pequeño conato de revolución del Mayo del 68, esa sociedad que buscaba la playa debajo de los adoquines ha terminado acomodada en grandes oficinas alabando el consumo y haciendo precisamente lo que denunciaban en aquella idealista primavera. La revolución francesa, símbolo lejano de toda revolución, quitó a la nobleza del poder y puso en su lugar a la burguesía, que enseguida empezó a imitar a los nobles. Pronto compraron grandes mansiones y se rodearon de arte y lujo con el que adornar su incipiente poder, más tarde omnipresente. Ahora ya no nos extraña que quisieran parecerse demasiado a la élite que habían derribado con la ayuda del pueblo para ser como ellos, para ser ellos otra vez. Se casaban los hijos de los nobles con los descendientes de los ricos burgueses. Los Burgueses se ennoblecieron y los Nobles se aburguesaron. Tanta revolución para acabar en lo mismo: otra similar fórmula piramidal. Hoy no existen, salvo excepciones, condes, duques y baronesas y los que hay son valorados en cuanto a su fortuna y no por su título. Aquellas antiguas etiquetas hoy han sido sustituidas por el ranking de la revista Forbes. Es otra forma nueva de título nobiliario. Los impuestos que antiguamente se recaudaban para el rey y la nobleza, hoy día van implícitos en el propio objeto de consumo, en eso que Marx llamó plusvalor. Ni siquiera necesitan la violencia medieval para esa recaudación de lo ajeno. No parece que estén cobrando un impuesto adicional, una recaudación para las arcas de los modernos nobles. Todo parece limpio, pulcro, claro y legal, pero habría que retomar la filosofía marxista de la generación de la riqueza para entender todo esto. Nadie entierra su dinero en el huerto aledaño a su casa esperando que al año siguiente esas monedas se hayan reproducido por arte de magia en un tanto por ciento. Sin embargo las lleva a un banco y les parece natural que suceda ese prodigio sin pararse a entender qué sucede en sus entrañas. Lean a Marx y entenderán dónde y cómo se produce la riqueza y cómo se apropian de ella mediante subterfugios los que tienen los medios de producción, los mismos que tienen acceso a las cuentas y deciden lo que es de ellos y lo que es de los demás, utilizando de intermediarios a los políticos, "esa comisión administrativa de los intereses comunes de la burguesía", tal y como los definió Karl Marx.
Algo tendré de comunista, o de marxista, no sé..... Pero también me declaro religioso porque quiero serlo, porque creo serlo, porque pienso filosóficamente que tiene que haber un más allá y quizá el mecanismo más elocuente para explicarlo es pensar que estamos soñando. Después de despertar estará el más allá que predicen los cristiano. Mi inquietud religiosa es más una cuestión de filosofía que de fe. Parece que si eres de izquierdas, que no sé si lo soy, tienes que ser ateo y si eres religioso tienes que ser de derechas o por lo menos del centro (si es que alguno sabe qué es la izquierda, la derecha y el centro en esta época que nos toca vivir).
En la declaración de la renta marco la casilla de la Iglesia. Deseo contribuir a su mantenimiento cuando pasa el cestillo, en fín, lo típico. No deseo que la Iglesia desaparezca, aunque no me identifico para nada con muchos de sus mensajes y sus obras, sus cadenas de televisión (la 13TV, por ejemplo, que tanto me desagrada) o su radio. Parece todavía sobrevivir en ella la derecha rancia, a pesar de los vientos que agita el nuevo Papa.. A muchos les parecerá ingenua, pueril, anacrónica mi manera de actuar. Marxista por la noche, religioso por la mañana... Voy a Misa, no sabría explicar bien el porqué. Quizá para crecer interiormente. Se puede crecer por dentro sin necesidad de ser religioso. Ya lo hicieron Marx y Marcuse. Puede que fueran ateos, pero para mí nunca dejaron de ser religiosos. Lo digo otra vez.
Es difícil explicar el porqué de mi decisión. Imagínense otra vez que están soñando, es decir que la vida real que viven es un sueño nada más. Cuando despierten repararán en el sueño, aprenderán de él. Si es una pesadilla se alegrarán de haber despertado, si era un sueño bonito lo mirarán con añoranza. Pero puede que al despertar no recuerden el sueño y se preguntarán qué motivo tiene el soñar. Y deducirán o se convencerán de que soñar es bueno para la salud. Pero imaginen ahora que sueñan y que nunca van a despertar. ¿Que sentido tiene el sueño entonces? ¿Qué importancia tendría que fuese un sueño bonito o una pesadilla? ¿Cuál sería la diferencia? Pues bien, ahora imaginen que viven y que cuando se mueran no van a despertar. Se mueren y después no hay nada de nada. ¿Cuál habrá sido el sentido de su vida? ¿De que habrá servido? Ni siquiera habrá tenido importancia si ha sido bonita o fea, lo mismo que un sueño que no se recuerda al despertar o que nunca llega a despertar.
Esta vida sólo se entiende si hay otra después. No se justifica por sí sola. La bondad y maldad no la define si no hay nada una vez que cierres los ojos para siempre. Una vida con un solo lado trastoca toda la filosofía porque el bien y el mal no tienen ningún sentido desde ese punto de vista. Es como decir que una planta es feliz. Es ridícula esa afirmación. Nuesta vida terrenal sin nada después es indiferente a la felicidad o a la desgracia. Da lo mismo. No cuenta como tampoco cuenta en la planta. Dice Borges que los animales son inmortales porque no tienen consciencia de su caducidad. Pero nosotros la tenemos y además poseemos la capacidad de elegir, que nos ennoblece o degrada, y en cada acto estamos eligiendo. No se puede entender esta vida sin el resultado de nuestros actos, de nuestra elección. Y esa elección va más allá de los instintos, más allá de la felicidad. No podemos o no debemos elegir en función a nuestros instintos. No puede ser más importante nuestro cuerpo que nuestro pensamiento, nuestro placer que nuestra responsabilidad ¿Adónde va a ir todo lo que hemos pensado?
Tú no lo recordarás después, nadie recordará más tarde lo feliz o desgraciado que has sido porque estarás muerto y si no hay otro lado desde el que mirar va a dar lo mismo que hayas sido feliz o desgraciado. Muchas veces somos felices porque podemos recordarlo. Cuando vivimos el instante ni nos damos exacta cuenta de la felicidad. Parece que somos conscientes de la felicidad, del miedo, de los sentimientos, cuando los recuerdas, cuando los miras desde la distancia, fuera del instante. Si no hay nada en el otro lado de la muerte es como escribir durante toda tu vida un libro que nadie leerá, que nadie abrirá, que no sirve para nada porque la función del libro es ser leído, y ni siquiera su autor lo recordará. Dará igual que el libro sea triste o alegre, bien escrito o desagradable de leer porque nadie lo va a leer. Sencillamente no habrá libro. ¿Para qué esforzarse en vida en escribir ese libro si se deshará como el polvo? Eso es esta vida sin otra después. ¿De qué te habrá servido ser feliz o infeliz si no hay nada después, nada que recordar? Visto desde los ojos de la simple evolución no se encuentra la diferencia.
Todo esto está formulado desde la suposición de que no haya un Más Allá. Pero tal hipótesis en la ley de probabilidades estaría como mucho al 50%. De igual manera que no se entiende una moneda de una sola cara es difícil entender esta vida así, impar, sin sentido final ni inicial ni intermedio; feliz a veces, pero sin sentido. Entender la explicación de este mundo ya nos daría la felicidad. Cualquier fatiga, daño o dolor la sobrellevaríamos si tuviera sentido, si supiéramos por qué nos están sucediendo cosas. A pesar del sufrimiento seríamos mucho menos infelices que la lineal flor o el instintivo animal, incluyendo en este grupo al hombre sin otra razón que vivir por vivir. No seríamos más que la flor, aunque podamos pensar y decidir si ocurre que nuestras decisiones y elecciones se desintegran para siempre al morir y todo lo que hemos pensado también.
El sentido de la vida yo me lo acomodo a mi manera y entiendo esta vida desde un punto de vista personal bastante afín al Budismo, Swedenborg o los Cátaros. Gautama, que significa "El Despierto", fue el iniciador de El Budismo. Lean a Borges, si quieren, esa historia legendaria. Yo me quedo con que manifestó que la vida es un sueño colectivo, donde todas las cosas encajan, como en los sueños. y que debemos esforzarnos por despertar mediante arduos y difíciles ejercicios. Entendida así la vida tendría desde luego mucho más sentido; incluso no hay razón para que sea obligatoriamente menos feliz. El budismo es una religión; dice Borges que es la religión más tolerante. Se puede ser budista y ser católico pero la religión católica sólo te deja ser católico. El budismo es una religión más porque dispone un ahora y un después, un aquí y un allá. Se vive en esta vida en función de otra, se vive para despertar, para mejorar, para vivir el resultado de la elección. El hombre no es hombre porque piensa sino porque elige, teniendo presente que para elegir es inevitable tener que pensar y que la elección sirve para algo.
De Swedenborg, llamado el Buda del norte, decían que siguiendo un método de respiración podía entrar en trance. Él fue una de las mentes más ilustres de la humanidad, que no sé por qué no ha trascendido hasta nuestros días. Escribió más de cien libros (pregúntenle a Borges, él les explicará los detalles generales de su vida). Lo que a mí me interesa es que en algunos libros describió el cielo que visitó y nos cuenta por ejemplo que cuando una persona se muere, al principio no se da cuenta de que se ha muerto. Todo sique prácticamente igual. En esa otra vida se juntará con quien quiera, se irá acomodando a un grupo o a otro. Si en la tierra era celestial, en el Cielo se arrimará a grupos celestiales. Si era demoníaco, tenderá hacia lo demoníaco. Pero nadie le obliga. Él elige. Nadie sabe cuanto dura esa espera, esa elección, si años o siglos u otra dimensión que no conocemos. Entonces esa persona en su otra vida sigue decidiendo su destino. Nadie le obliga, nadie le fuerza. Es libre. Cuenta Swedenborg que un demonio por un error (¿En el cielo también hay errores?) pasó a un nivel del Cielo. El Cielo y el Infierno están separados y no se puede pasar de un lado al otro. Refiere en su libro que este demonio regresó al Infierno porque el Cielo olía muy mal, según decía, y volvió a su hediondo habitáculo. Eligió, por su gusto, ser demoníaco. Tal orden y explicación parece más creíble que la que propone el catolicismo.
Borges, inspirado en esta imagen indeleble de la muerte no apercibida por su protagonista, y que describió Swedenborg de singular manera, cuenta una historia de un hombre, creo que en Toledo, que se encuentra escribiendo en una habitación y que no sabe que está muerto. Poco a poco las cosas se van desdibujando; incluso las paredes desaparecen. He buscado esta historia en las Obras Completas de este autor para hacerme entender pero no la he encontrado. De cualquier modo supongo que se entiende esa línea vaga, difusa entre la vida y la muerte que propone Swedenborg. Sería otra hipótesis, otra manera de entender esta vida, no menos increíble que la acepción general, que se calla al no encontrar respuestas a las preguntas más elementales. De hecho al ser humano terrenal no le gusta hacerse demasiadas preguntas sobre lo que hay o no hay después.
El Buddha, que afirmaba la reencarnación, explicaba el hecho de ser hombre de la siguiente manera: hay una tortuga en el fondo del mar y una anilla flotando en la superficie. La tortuga cada seiscientos años emerge a esa superficie para tomar aire. Sería una casualidad que en una de esas veces su cabeza coincidiera en el aro como si fuera un collar. Esa casualidad, nos dice, es tan rara como el hecho de ser hombres. Tenemos que aprovechar esta suerte dada para intentar despertar, para alcanzar el Nirvana.
Los cátaros, como el budismo, creían en la reencarnación. La historia de los Cátaros habla de los ángeles caídos, del Demiurgo. El Demiurgo es la parte Divina expulsada del Paraíso, los ángeles caídos. Es el Diablo pero también es la Divinidad de la que procede. El Demiurgo creó el mundo, creó la materia en la que se encierra la Divinidad que es, y que anhela volver al Cielo, anhela ser lo que siempre fue. Pero no puede hacerlo si no se desprende de la naturaleza material que a su vez le permite sobrevivir en este mundo. La lucha terrenal entre el bien y el mal es la lucha entre seguir siendo materia o ser de nuevo divinidad; se trata de volver a ser celestiales o seguir siendo demoníacos.
Elijan la historia que quieran. Las tres son similares. Son materia pero quieren ser Divinidad. Están dormidos pero quieren despertar, o pueden elegir entre ser Celestiales o Demoníacos.
Yo he elegido la religión católica porque la tengo al lado, la tengo desde niño. si pudiera elegir libremente, elegiría tal vez el budismo, pero tampoco es que sepa mucho de él. No hay religión mala sino malos religiosos. Todas dicen lo mismo o cosas semejantes. Pero sí que puede haber mala aplicación. Tal acierto separa al buen y mal religioso. Repito lo que dijo Sigmun Freud "los pueblos bárbaros, después de arrasar pueblos enteros, realizaban las ofrendas a sus dioses para poder seguir arrasando pueblos enteros"
Hay muchas maneras de hacer religión y no todas son acertadas. No vas a hacer otra cosa en cada gesto que hagas, en cada decisión que tomes, que decidir si quieres ser materia o espíritu, si quieres ser Celestial o Demoníaco, despertar o seguir soñando, por mucho que te empeñes. Borges nos explica que El Budismo, como Hume y Schopenhauer, desautorizan al Yo. No se puede decir yo pienso porque no hay un sujeto; lo que hay es una serie de estados mentales. Se debe decir se piensa como se dice llueve. La lluvia no hace una acción sino que está sucediendo algo. Quizá las religiones habría que mirarlas desde un punto de vista global. La religión católica también habla de lo común, de la comunión, aunque no sabe hacerse entender con la misma elocuencia de otras doctrinas.
Puede, y sería lógico, que todas las religiones estuvieran diciendo lo mismo. No sería raro. Tampoco debe ser extraño que con los años y las realidades acumuladas de lo vivido, uno encuentra el mundo diferente a como lo imaginó de joven. Uno no entiende ya la esencia de la vida con la certeza con la que la comprendió antes, y no encajan bien las cosas. Quizá por eso he acabado volviendo a la religión de la niñez, eso sí, interpretada a mi manera demasiado particular, para encontrar otra explicación más coherente que la que me ha guiado hasta ahora. Consumir la vida como si fuese un medio más de producción no me parece acertado. Y creanme, no se trata de saber, puesto que una vez que mueras de nada te servirá tu conocimiento. Se perderá para siempre como lágrimas en la lluvia, y a nadie le importará. Se trata de acertar. Si aciertas habrás sido la tortuga que al emerger hacia la superficie encuentra el aro sagrado de la liberación y el sentido. Si así fuese, todo tendría sentido.

 

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